¿Billetera llena y destinos vacíos? La denuncia por corrupción en Fontur que pone en jaque los proyectos del trade

Un trancón legal que frena la inversión regional.

Un empresario que monta una posada nativa en el Caribe o el dueño de un hotel en el Eje Cafetero saben muy bien que, sin promoción ni infraestructura, es imposible atraer viajeros. Para eso sirve justamente el Fondo Nacional de Turismo (Fontur): es la gran alcancía pública del sector, encargada de manejar la platica de la contribución parafiscal para financiar obras y meterle acelerador al negocio.

Por eso, cuando el actual ministro de Comercio, Mauricio Gómez Amín, destapó una presunta maratón express de 148 contratos amarrados en solo cuatro días por más de $125.000 millones de pesos, dejó armado un avispero que va a poner a correr a medio trade este martes.

La historia detrás de este enredo es que ese platal se habría comprometido a las carreras durante los últimos días de la gestión del exministro Luis Carlos Reyes y cuando Álvaro Balcázar manejaba la gerencia de Fontur, supuestamente para ganarle la carrera a la Ley de Garantías.

Según el reporte de la auditoría del nuevo ministerio, en las carpetas se habrían detectado posibles firmas falsas, fechas alteradas y contratos sin los requisitos mínimos de ley, una movida que, de confirmarse, significaría que el presupuesto se amarró ignorando los controles técnicos de la entidad.

La denuncia oficial sostiene además que más de $100.000 millones se asignaron bajo la modalidad de contratación directa en apenas 48 horas, una velocidad que para la actual administración demuestra que la prisa por vaciar la chequera pública pasó por encima de cualquier planeación, dejando los recursos atrapados en carpetas mientras la ocupación hotelera nacional caía al 48,4%, una de las más bajas en cinco años.

Como lo advirtió Gómez Amín en su declaración vía Insta:

“Hemos identificado presuntas irregularidades en la contratación, incumplimiento de requisitos legales y posibles falsedades en documentos, fechas y firmas. ¿Qué estaban tratando de hacer a última hora con los recursos de todos los colombianos?”.

El truco de la fiducia y la nevera vacía de María Isabel

El meollo del asunto es que Fontur no contrata como el resto del Estado, sino que mueve la plata a través de una fiducia privada para ser más ágil, una flexibilidad pensada para apurar obras en los pueblos que terminó facilitando una feria de firmas a puerta cerrada.

Mientras ese festín de contratos pasaba en los escritorios de Bogotá, el negocio real en las regiones se enfriaba con el PIB de alojamiento cayendo un 3% y la llegada de extranjeros estancada en 2,4 millones. En ese panorama tan complejo aterrizó María Isabel Campo Cuello, la nueva gerente general, quien recibió una entidad con un presupuesto aprobado de $511.573 millones pero con la nevera medio vacía tras meses de interinidad.

Campo Cuello heredó un paquete de 663 proyectos de la gestión anterior, que van desde el Malecón de Cartagena hasta el aeropuerto de Bahía Solano, pero ahora le toca ejecutarlos con la Fiscalía y la Contraloría respirándole en la nuca.

Un trancón legal que frena la inversión regional

El efecto real en la calle es un trancón ni el berraco: las investigaciones van a congelar los proyectos en los pueblos hasta que la justicia decida qué contratos sirven y cuáles nacieron torcidos. Reconstruir la confianza va a costar un jurgo de tiempo porque los empresarios exigen saber a dónde fue a parar el billete de sus aportes mientras los hoteles siguen vacíos.

Al final del día, mientras el platal se queda perdido —y en un tire y afloje entre jueces y fiscales— los hoteles y las agencias se siguen defendiendo con las uñas. Los empresarios que madrugaron hoy martes a camellar con la esperanza de ver una campaña de promoción para la temporada alta, ahora se desayunan con la noticia de que la gran alcancía del sector está bajo llave. La lección que deja este chicharrón es clarísima: de nada sirve tener una millonada aprobada en el papel si las tuercas de la confianza están flojas, ya que cuando el canal se tranca, las obras se congelan y los platos rotos los terminan pagando los destinos que viven —precisamente— de traer billete.

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