El pulmón secreto de Acapulco: seis hectáreas de naturaleza que pocos turistas conocen
Aunque Acapulco lleva décadas vendiéndose como un destino de sol, playa y rumba, a pocos minutos de la Costera existe un espacio de seis hectáreas que funciona como un pulmón verde y que cada vez más viajeros están descubriendo: se trata del Jardín Botánico de Acapulco «Esther Pliego de Salinas», un proyecto que nació en 2002 gracias a 32 socias del Primer Club de Jardinería local y que hoy alberga más de 1.200 especies de plantas, además de un palmeto con 46 variedades de palmas. Entrevista exclusiva para TravelFutura.
Un jardín que no compite con la playa
Cuando uno sube en el elevador de 13 metros que atraviesa la ladera del cerro, la bahía de Acapulco aparece desde un ángulo que las postales no registran. Desde ahí arriba se entiende que el jardín no es un parque cualquiera, ya que su trazo original fue hecho por las propias socias del club, el esposo de una, el padre de otra y dos peones con machete en mano, quienes recorrieron el terreno serpenteando entre rocas y buscando puntos de interés florístico para incluirlos dentro del sendero.

De modo que entre los árboles existentes todavía se pueden ver algunos en medio de los caminos, porque conservar la flora in situ ha sido siempre la constante de este proyecto.
Viajé a Acapulco gracias a una invitación del Fideicomiso para la Promoción Turística de Acapulco (FIDETUR Acapulco), y durante el press trip tuve la oportunidad de recorrer los senderos del jardín y conversar con Karina Adame, directora de operaciones del espacio. Mientras caminábamos entre helechos, cycas y heliconias, entendí que este lugar no es un accidente ni un capricho: es el resultado de más de dos décadas de trabajo voluntario, de mujeres que decidieron convertir un cerro en un museo vivo.
Las palabras de Adame resumen mejor que cualquier folleto lo que se siente al recorrer este espacio.
La historia de un cerro convertido en museo vivo
Si bien el jardín abrió sus puertas al público el 2 de marzo de 2002, su historia formal comenzó cuando un reconocido arquitecto paisajista estadounidense los visitó y, sorprendido, exclamó: «¿Por qué sendero? ¡Esto es un jardín botánico!». Fue entonces cuando las fundadoras se acercaron a la Asociación Mexicana de Jardines Botánicos y, cumpliendo con los requisitos establecidos, lograron establecer formalmente el espacio que hoy es una asociación civil sin fines de lucro.

Ya que no reciben financiamiento gubernamental directo, el jardín se sostiene con visitas, talleres y proyectos de conservación, lo que explica por qué su mayor canal de difusión sigue siendo la recomendación boca a boca.
Tal como explica Karina Adame, la naturaleza forma parte de la vida cotidiana de una manera que muchas veces no se concientiza, y ese es justamente el mensaje que intentan transmitir a los visitantes. «Aquí no solamente hay un lugar de playa, sino también hay un lugar de naturaleza hermoso de seis hectáreas en donde todos tus sentidos detonan porque puedes oler todas las plantas, puedes ver belleza, puedes escuchar el canto de las aves, puedes tocar las diferentes texturas, ramas, rocas, cortezas», dice.
Lo que se siente al recorrerlo
Pese a que el número de especies impresiona, dentro de las seis hectáreas que conforman el jardín también habitan más de 1.200 especies de fauna, incluyendo chachalacas negras, pericos, águilas pescadoras, mapaches, iguanas verdes, lagartijas, serpientes, murciélagos y ranas, lo que convierte al lugar en un refugio de biodiversidad que pocos destinos de playa pueden ofrecer.

Entre las colecciones botánicas destacan un arboretum con árboles nativos, endémicos e introducidos, así como bromelias, cycas, heliconias, jengibres y orquídeas, de modo que cuando un visitante recorre los senderos no solo está viendo plantas, sino que está entrando en un ecosistema que se conserva y se estudia desde hace más de dos décadas.
El proyecto que quiere limpiar la bahía
Aunque Acapulco recibe abundantes lluvias cada año, millones de litros terminan mezclados con drenaje y contaminando la bahía, mientras la población sufre escasez durante la temporada de estiaje.

Según datos presentados por el propio jardín, existen al menos 22 descargas de aguas negras que llegan directamente al mar, y frente a esa problemática el equipo desarrolló un sistema de humedales artificiales y fitorremediación que nació, curiosamente, como una medida de supervivencia financiera.
Porque el jardín necesitaba entre 15.000 y 20.000 litros diarios para riego y gastaba miles de pesos en pipas, de modo que construyeron muros de contención con piedra, arena y cemento en los arroyos locales para frenar el agua de lluvia y obligarla a infiltrarse, además de humedales con plantas como carrizo, tule, papiro, lirio acuático, mangle, plátano y zacate vetiver, cuya raíz profunda actúa como filtro natural de metales pesados.
Ya que los resultados están respaldados por estudios de laboratorio realizados entre 2025 y 2026, una de las zonas críticas analizadas pasó de registrar 150 unidades de coliformes fecales a tan solo 3.6, una pureza tal que los laboratorios ya la recomiendan para riego de cultivos sensibles.
Saúl Castillo, colaborador del jardín, lo resumió durante la presentación del proyecto con una frase que suena a esperanza: «Sí hay agua, solo que está mal gestionada». Debido a que estas soluciones ecológicas representan una alternativa mucho más económica que las plantas de tratamiento convencionales, los impulsores del proyecto han hecho un llamado para replicar el modelo en otras zonas del puerto.
Boca a boca como mejor promoción
Aunque el jardín tiene alianzas con marinas para recibir a los cruceristas que llegan a Acapulco, Karina Adame reconoce que esos esfuerzos se pueden ampliar todavía más. «Es complejo. Nosotros somos una asociación civil sin fines de lucro. Nuestros esfuerzos siempre son limitados, pero nuestro mayor número de visitantes viene por la recomendación de boca en boca», explica.
Porque si bien el destino recibe miles de turistas cada año, cada vez son más los que llegan al jardín por recomendación de otro viajero, y eso demuestra que la mejor promoción sigue siendo la experiencia misma.
Un destino que ya está cambiando
Cuando le pregunto qué mensaje le mandaría a los colombianos, un país que también es un vergel de diversidad, Karina responde con una sonrisa: «Me preocupa un poco eso porque va a ser difícil sorprenderlos. Ustedes también tienen todo. Pero sí, que vengan a conocer Acapulco, que aquí tenemos todo. Tenemos un clima estupendo, tenemos la bahía más hermosa».
Porque aunque Colombia y México comparten una riqueza natural enorme, lo cierto es que espacios como este jardín botánico tienen algo especial: la mano de 32 mujeres que decidieron convertir un cerro en un museo vivo.
Además, resulta sorprendente que el Jardín Botánico de Acapulco se haya posicionado en el puesto número 21 de 73 cosas que hacer en el puerto, según TripAdvisor, con una calificación de 4.1 sobre 5 basada en 73 opiniones. Porque si bien no compite con los grandes atractivos de la bahía, la recomendación constante de quienes lo visitan lo ha convertido en una parada obligada para los viajeros que buscan algo más que sol y playa.
Mientras Acapulco sigue encontrando nuevas formas de contar su historia, el Jardín Botánico sigue ahí, abierto todos los días, recibiendo a quien llega por curiosidad y despidiendo a quien se va con ganas de volver. Porque si un destino quiere diversificar su oferta y atraer a un viajero que busca naturaleza, sostenibilidad y autenticidad, tiene en este rincón de seis hectáreas un ejemplo de lo que se puede lograr cuando una comunidad se organiza y ama el lugar donde vive.
La invitación está hecha, y vale la pena aceptarla: subir el elevador, caminar los senderos y comprobar que Acapulco también es esto.




